viernes, 14 de septiembre de 2007

El progreso del peregrino - Capítulo XIX

CAPITULO XIX

Hablan de nuevo los peregrinos con Ignorancia, y ven en sus palabras el lenguaje de un cristiano, sólo de nombre, que no ha conocido su estado de condenación, ni, por consiguiente, su necesidad de ser perdonado y justificado por gracia. Conversación que después tuvieron acerca de Temporario, la cual es un aviso terrible y saludable para el lector.

Cuando Esperanza concluyó su razonamiento, que acabamos de referir, volvió los ojos atrás y vio a Ignorancia que los seguía, y dijo a Cristiano:

ESPERANZA — Poca pena se da ese joven por alcanzarnos.

CRISTIANO — Ya, ya lo creo; no le gusta sin duda nuestra compañía.

ESPERANZA — Pues creo que no le hubiera venido mal el habernos acompañado hasta ahora.

CRISTIANO — Esta es la verdad; pero apuesto a que él piensa de muy diferente manera.

ESPERANZA — Sí, lo creo; sin embargo, esperémosle. (Así hicieron.)

Luego que ya estuvo con ellos, dijo:

CRISTIANO — Vamos, hombre; ¿por qué te detuviste tanto?

IGNOR. — Me gusta mucho andar a solas, mucho más que ir acompañado, a no ser que la compañía sea de grado — Dijo entonces Cristiano a Esperanza al oído no te dije que no le gustaba nuestra compañía?"

CRISTIANO — Pero, vamos, acércate, y empleemos nuestro tiempo en este lugar solitario con una buena conversación. Di, ¿cómo te va? ¿Cómo están las relaciones entre tú y tu alma?

IGNOR. — Confío que bien; estoy siempre lleno de buenos movimientos que vienen a mi mente para consolarme en mi camino.

CRISTIANO — ¿Qué buenos movimientos son esos?

IGNOR. — Pienso en Dios y en el cielo.

CRISTIANO — Esto hacen también los demonios y las almas condenadas.

IGNOR. — Pero yo medito en ellos y los deseo.

CRISTIANO — Así hacen también muchos que no tienen habilidad alguna de llegar a ellos jamás; desea y nada alcaza el alma del perezoso.

IGNOR. — Pero yo pienso en ellos, y lo abandono todo por ellos.

CRISTIANO — Mucho lo dudo, porque eso de abandonarlo es cosa muy difícil. Sí, más difícil de lo que piensan muchos. Pero ¿en qué te apoyas para pensar que lo has abandonado todo por Dios y el cielo?

IGNOR. — Mi corazón me lo dicta.

CRISTIANO — Dice el sabio que "el que confía en su corazón es necio".

IGNOR. — Eso es cuando el corazón es malo; el mío es bueno.

CRISTIANO — ¿Y cómo lo pruebas?

IGNOR. — Me consuelo con las esperanzas del cielo.

CRISTIANO — Eso bien puede ser un engaño; porque el corazón de un hombre puede suministrarle consuelo con la esperanza de aquella misma cosa que no tiene fundamento alguno para esperar.

IGNOR. — Pero mi corazón y mi vida se armonizan perfectamente, y, por lo mismo, mi esperanza está bien fundada.

CRISTIANO — ¿Quién te ha dicho que tu corazón y tu vida están en armonía?

IGNOR. — Me lo dice mi corazón.

CRISTIANO — Pregunta a mi compañero si soy yo ladrón. ¡Tu corazón te lo dice! Si la palabra de Dios no da testimonio en este asunto, otro testimonio es de ningún valor.

IGNOR. — Pero ¿no es bueno el corazón que tiene buenos pensamientos? ¿Y no es buena la vida que está en armonía con los mandamientos de Dios?

CRISTIANO — Sí; es verdad. Es corazón bueno el que tiene buenos pensamientos, y vida buena la que está en armonía con los mandamientos de Dios; pero, en verdad, una cosa es tenerlos y otra cosa es pensar sólo que se tienen.

IGNOR. — Dime, pues, ¿qué entiendes tú por buenos pensamientos y por conformidad de vida con los mandamientos de Dios?

CRISTIANO — Hay buenos pensamientos de diversas clases: unos, acerca de nosotros mismos; otros, acerca de Dios y Cristo, y otros, acerca de otras cosas.

IGNOR. — ¿Cuáles son los pensamientos buenos acerca de nosotros mismos?

CRISTIANO — Los que estén en conformidad con la palabra de Dios.

IGNOR. — ¿Cuándo están conformes nuestros pensamientos acerca de nosotros mismos con la palabra de Dios?

CRISTIANO — Cuando hacemos de nosotros los mismos juicios que hace la palabra. Me explicaré. Dice la palabra de Dios de los que se encuentran en un estado natural, que "no hay justo, que no hay quien haga el bien". Dice también que "todo designio de los pensamientos del corazón del hombre es, de continuo, solamente el mal"; y añade: "el instinto del corazón del hombre es malo desde su juventud". Ahora bien; cuando pensamos de nosotros mismos de esta manera y lo sentimos verdaderamente, entonces son buenos nuestros pensamientos, porque están en armonía con la palabra de Dios.

IGNOR. — Nunca creeré que mi corazón es tan malo.

CRISTIANO — Por lo mismo, nunca has tenido en toda tu vida un solo buen pensamiento de ti; pero déjame seguir, como la palabra pronuncia sentencia sobre nuestros corazones, la pronuncia también sobre nuestros caminos; y cuando nuestros juicios acerca de nuestros corazones y nuestros caminos concuerdan con el juicio que de ellos hace la palabra, entonces ambos son buenos, porque están conformidad unos con otros.

IGNOR. — Explica el sentido de esas palabras.

CRISTIANO — Dice la palabra de Dios que "los caminos del hombre son torcidos", que "no son buenos, sino pervertidos; dice que "los hombres, por naturaleza, se han extraviado del camino, que no lo han conocido siquiera".

Ahora bien; cuando un hombre piensa así de sus caminos es decir, cuando piensa con sentimiento y humillación de corazón, entonces es cuando tiene buenos pensamientos de sus propios caminos, porque sus juicios concuerdan entonces con el juicio de la palabra de Dios.

IGNOR. — ¿Qué son buenos pensamientos acerca de Dios?

CRISTIANO — Lo mismo que he dicho acerca de nosotros mismos: Cuando nuestros pensamientos sobre Dios concuerdan con lo que dice de El la Palabra, y esto es cuando pensamos en su ser y atributos, como la Palabra enseña; pero de esto no puedo ocuparme ahora extensamente. Hablando solamente de Dios en sus relaciones con nosotros, tenemos pensamientos buenos y rectos El, cuando pensamos que nos conoce mejor que nosotros a nosotros mismos, y puede ver el pecado en nosotros, cuando nosotros no lo veamos en manera alguna en nosotros mismos; cuando pensamos que conoce nuestros pensamientos más íntimos, y que nuestro corazón, con todas sus profundidades, está siempre descubierto a sus ojos; cuando pensamos que todas nuestras justicias hieden ante El, y, por tanto, no puede sufrir que estemos en su presencia con confianza alguna en nuestras obras, aun las mejores.

IGNOR. — ¿Te parece que soy tan necio que crea que Dios no ve más que lo que yo veo, o que me atrevería a presentarme a Dios aun con la mejor de mis obras?

CRISTIANO — Pues entonces, ¿cómo piensas en este asunto?

IGNOR. — Pues, para decirlo en pocas palabras, creo que es necesario tener fe en Cristo para ser justificado.

CRISTIANO — ¿Cómo piensas que puedes tener fe en Cristo, cuando no ves tú necesidad de El, ni conoces tus debilidades, ni originales ni actuales; antes bien, tienes de ti mismo y de lo que haces una opinión tal, que prueba muy claramente que nunca has visto la necesidad de la justicia personal de Cristo para justificarte delante de Dios? ¿Cómo, siendo esto así, puedes decir: Yo creo en Cristo?

IGNOR. — Creo bastante bien, a pesar de todo eso.

CRISTIANO — ¿Y cómo crees?

IGNOR. — Creo que Cristo murió por los pecadores, y que seré justificado delante de Dios y libre de la maldición, mediante que El acepta graciosamente mi obediencia a su ley; o, para decirlo de otra manera: Cristo hace que mis deberes religiosos sean aceptables a su Padre, en virtud de sus méritos, y de este modo, yo soy justificado.

CRISTIANO — Permíteme que conteste a esta tu confesión de fe:

1°, Crees con una fe fantástica, porque tal fe no la encuentro así escrita en ninguna parte de la Palabra.

2°, Crees con una fe falsa, porque quita la justificación de la justicia personal de Cristo y la aplica a la tuya propia.

3°, Esa fe hace que Cristo sea el que justifica, no tu persona, sino tus acciones, y luego tu persona por causa de tus acciones, y esto es falso.

4º, Por tanto, esta fe es engañosa, y tal que te dejará bajo la ira en el día del Dios Altísimo, porque la verdadera fe justificante hace que el alma, convencida de su condición por la ley, acuda por refugio a la justicia de Cristo (cuya justicia no es un acto de gracia, en el cual; que tu obediencia sea aceptada por parte de Dios y la justificación, sino su obediencia personal a la ley en hacer y sufrir por nosotros lo que aquélla exigió de nosotros). Esta justificación, digo, la verdadera fe la acepta, y bajo su manto el alma está abrigada, y por ello se presenta sin mancha delante de Dios, y es aceptada y absuelta de la condenación.

IGNOR. — Pero qué, ¿quieres que nos confiemos en lo que Cristo ha hecho en su propia persona sin nuestra participación? Esta fantasía daría rienda suelta a nuestras concupiscencias, y nos permitiría vivir según nuestro propio antojo; porque, ¿qué nos importaría el cómo viviésemos, si podemos ser justificados de todo por la justicia personal de Cristo con sólo tener fe en ella?

CRISTIANO — Ignorancia te llamas, y es mucha verdad; eso eres, y esa tu última contestación lo pone en evidencia, ignorante estás de lo que es la justicia que justifica, y también ignorante de cómo has de asegurar tu alma por fe de la terrible ira de Dios. También ignoras los verdaderos efectos de esta fe salvadora en la justicia de Cristo, que son: inclinar y ganar el corazón a Dios en Cristo, que ame su nombre, su palabra, sus caminos y su pueblo, y no como tú, en tu ignorancia, te lo imaginas.

ESPERANZA — Pregúntale si alguna vez se le ha revelado Cristo desde el cielo.

IGNOR. — ¿Cómo? ¿Eres tú de los que creen en revelaciones? Vaya, creo que lo que tú y comparsa decís sobre materia no es más que el fruto de un cerebro desordenado.

ESPERANZA — Pero hombre, Cristo está tan escondido en Dios de la compresión natural de la carne, que nadie puede conocerle de una manera salvadora, si Dios, el Padre, no se lo revela.

IGNOR. — Esa será tu creencia, pero no la mía, y, sin embargo, no dudo de que la mía sea tan buena como la tuya, aunque mi cabeza no esté como la de ustedes.

CRISTIANO — Permitidme que tercie aquí con una palabra: no se debe hablar tan ligeramente de este asunto, porque yo afirmo rotunda y resueltamente lo mismo que mi buen compañero: que ningún hombre puede conocer a Jesucristo sino por la revelación del Padre. Más aún: Que la fe, por la cual el alma se hace de Cristo para ser una fe recta, ha de ser operada por la supereminente grandeza de su poder. De esta operación de la fe percibo que nada sabes, pobrecito Ignorancia. Despiértate, pues, reconoce tu propia miseria y acude al Señor Jesús, y por su justicia, que es la justicia de Dios (porque él mismo es Dios), serás librado de la condenación.

IGNOR. — Andáis muy de prisa; no puedo andar a vuestro paso; idos delante; tengo que detenerme todavía.

Y se despidió de ellos.

Entonces dijo Cristiano a su compañero:

CRISTIANO — Vamos, pues, buen Esperanza; está visto que tú y yo hemos de andar otra vez solitos.

Dieron, pues, a caminar a buen paso, mientras Ignorancia los seguía cojeando; y mientras caminaban les oí el siguiente diálogo:

CRISTIANO — Mucha lástima me da este pobre. Creo que al fin lo va a pasar muy mal.

ESPERANZA — Desgraciadamente, hay muchísimos en nuestra ciudad que están en la misma condición, familias enteras y aun calles enteras, y eso que son también peregrinos, y si hay tantos entre nosotros, calcula cuántos habrá en el lugar donde él nació.

CRISTIANO — Sí, dice la verdad la Palabra: "Les ha cerrado los ojos para que no vean..."

Pero ahora que estamos otra vez solitos, dime: ¿qué te parece de tales hombres? ¿Crees tu que alguna que otra vez tengan convicción de pecado y, por consiguiente, temores de que están en estado peligroso?

ESPERANZA — Esa pregunta nadie mejor que tú misino puede contestarla, pues eres mayor que yo.

CRISTIANO — Mi respuesta es que, a mi parecer, es posible: las tengan alguna que otra vez; pero siendo por naturaleza ignorantes, no comprenden que esta convicción tiende a su provecho, y buscan de todos modos ahogarla, siguen presuntuosamente adulándose a sí mismos en el camino de sus propios corazones.

ESPER — En efecto, también yo creo como tú que el miedo sirve mucho para bien de los hombres y para hacerles ir derechos al principio de su peregrinación.

CRISTIANO — De eso no podemos dudar que es bueno, por eso así lo dice la Palabra: "El temor de Jehová es el principio de la sabiduría".

ESPERANZA — ¿Cómo podrías tú describir el miedo que es bueno?

CRISTIANO — El miedo bueno se describe por tres cosas:

1º, Por su origen, es causado por las convicciones salvadoras de pecado. 2º, Impele al alma a asirse de Cristo para salvación. 3º, Engendra y conserva en el alma una gran reverencia a Dios y a su Palabra y a sus caminos, manteniéndola tierna y haciéndola temerosa de volverse de ellos a diestra y siniestra, o hacer cosa alguna que pudiera deshonrar a Dios, alterar su paz, contristar al Espíritu Santo, ser causa de que el enemigo hiciese algún reproche.

ESPERANZA — Estoy conforme; creo que has dicho la verdad. ¿No hemos salido todavía del terreno encantado?

CRISTIANO — Pues qué, ¿te cansa esta conversación?

ESPERANZA — No por cierto; pero quisiera saber dónde estamos.

CRISTIANO — Aún nos falta como una legua que andar para salir de él; pero volvamos a nuestro asunto. Los ignorantes no conocen que tales convicciones que les atemorizan para su bien, y por esto procuran ahogarlas.

ESPERANZA — ¿Y cómo procuran ahogarlas?

CRISTIANO — 1°, Creen que esos temores son obra del demonio (aunque en verdad son de Dios), y así los resisten como cosas que tienden directamente a su ruina. 2°, Piensan también que los tales temores tienden a perjudicar su fe, cuando, ¡desgraciados de ellos!, no tienen ninguna, y por esto endurecen su corazón contra ellos. 3°, Suponen que no deben temer, y por esto, a pesar de sus temores, se hacen vanamente confiados. 4°, Opinan que estos temores tienden a rebajar su antigua y miserable propia santidad, y por esto los resisten con toda su fuerza.

ESPERANZA — Algo de esto he experimentado yo mismo, porque antes de convencerme a mí mismo me pasó lo que acabas de decir.

CRISTIANO — Bueno, dejaremos ya por ahora a nuestro vecino Ignorancia, y nos ocuparemos de otra cuestión provechosa.

ESPERANZA — Enhorabuena; pero te suplico que la propongas también tú otra vez.

CRISTIANO — Pues bien; ¿conociste allá en tu tierra, hace cosa de unos diez años, a un tal Temporario, que era entonces un hombre bastante fervoroso en religión?

ESPERANZA — ¡Oh! Sí, no lo he olvidado; vivía en Singracia, pueblo que dista cosa de media legua de Honradez, y su casa estaba inmediata a la de un tal Vuelve-atrás.

CRISTIANO — Tienes razón. Vivía con él bajo el mismo techo. Bueno, pues ese estuvo una vez muy despierto; creo que entonces tenía alguna convicción de sus pecados y de la paga que se les debe.

ESPERANZA — Así era, efectivamente. Su casa no distaba más que una legua de la mía, y solía muchas veces venir a mí y con muchas lágrimas; en verdad que me daba lástima, y no perdí del todo mis esperanzas sobre él; pero está visto que no son cristianos todos los que dicen: ¡Señor, Señor!

CRISTIANO — Me dijo una vez que estaba resuelto a ir en peregrinación, como hacemos nosotros ahora; pero de repente tuvo conocimiento con un tal Sálvese-él-mismo, y entonces ya dejó mi amistad.

ESPERANZA — Pues ya que hablamos de él, inquiramos la razón de su repentina apostasía y de la de otros como él.

CRISTIANO — Nos podrá servir de mucho provecho; pero ahora empieza tú.

ESPERANZA — Pues bien; en mi juicio hay cuatro razones a ella:

1ª, Aunque están despiertas las conciencias de tales hombres, sin embargo, sus corazones no se han cambiado; eso, cuando se amortigua la fuerza de la culpa, acaba también lo que les inducía a ser religiosos, y, naturalmente vuelven otra vez a sus antiguos caminos, así como vemos que el perro vuelve a su vómito, y la puerca lavada a volcarse en el cieno. Como he dicho, éstos buscan ávidos el cielo, sólo a causa de su aprensión y temores de tormentos del infierno, y una vez entibiada y resfriada la aprensión del infierno y su temor de la condenación, se entibian y resfrían también sus deseos del cielo y de la salvación, y por esto cuando han pasado su culpa y temor, acaban también sus deseos y vuelven a sus caminos.

2ª, Otra razón es que sus temores son serviles, es decir no son éstos temores de Dios, sino temores de los hombres, y "el temor del hambre pondrá lazo". Así aunque aparecen muy ávidos del cielo, mientras sienten las llamas del infierno alrededor de ellos; sin embargo, cuando ese terror ha pasado un poco, ya les vienen otros pensamientos, como son, que es bueno ser prudente y no arriesgar por lo que no saben la pérdida de todo, o a lo menos, que no es bueno meterse en inevitables e innecesarias aflicciones, y así vuelven a hacer sus paces otra vez con el mundo.

3ª, También suele ser tropezadero en su camino la vergüenza que suele acompañar a la religión; son orgullosos y altivos, y la religión, a sus ojos, es baja y despreciable; por esto, una vez perdido su sentido del infierno y de la ira venidera, vuelven a su antiguo modo de vivir.

4ª, Les parece son muy gravosos la culpa y el pensar con terror en ella; no les gusta contemplar sus miserias antes de tiempo; porque aunque tal vez la primera consideración de esto les haría refugiarse donde se refugian los justos, y donde estuviesen seguros, sin embargo, como rehuyen esos pensamientos de la culpa y del terror, una vez que ya se han hecho insensibles a sus convicciones y al temor de la ira de Dios, endurecen voluntariamente sus corazones, y escogen precisamente los caminos que contribuyen más a este endurecimiento.

CRISTIANO — Creo que vas bastante acertado, porque el fundamento de todo es la falta de un cambio en su corazón y voluntad, y por eso son semejantes al reo cuando está delante del juez se estremece y tiembla, y parece arrepentirse de todo corazón; pero la causa de todo esto es el temor que tiene de la horca y no el odio al delito; dejad si no a tal hombre en libertad, y seguirá siendo un ladrón y un malvado como antes, mientras que si hubiera cambiado su corazón, hubiera cambiado también su conducta.

ESPERANZA — Ya que yo te he mostrado las razones de la apostasía de éstos, muéstrame tú ahora la manera de ella.

CRISTIANO — Voy a hacerlo de buena voluntad:

1°, Apartan sus pensamientos todo lo posible de la meditación y el recuerdo de Dios, de la muerte y del juicio venidero.

2°, Abandonan poco a poco, y por grados, sus deberes privados, como la oración secreta, el refrenamiento de sus concupiscencias, la vigilancia sobre si mismos, el dolor de pecados y otros semejantes.

3°, Luego huyen de la compañía de los cristianos fervorosos y entusiastas.

4º, Se van enfriando en cuanto a los deberes públicos, como la lectura y predicación de la palabra, trato piadoso con otros cristianos, etc.

5º, Ya empieza a gustarles cortar sayos, como se dice, (criticar) a las personas piadosas, y esto de una manera infernal, para tener una excusa aparente para echar fuera la religión, con el pretexto de algunas debilidades que han descubierto en los que la profesan.

6º, Después vienen a adherirse y asociarse con hombres carnales, licenciosos y livianos.

7º, Luego se entregan secretamente a conversaciones carnales y livianas, alegrándose de ver cosas semejantes en algunos que son tenidos por honrados, para disfrazarse con ellos y poder hacerlo más atrevidamente.

8°, Por fin empiezan a jugar abiertamente con los pecadillos, llamándolos cosa de poca entidad; y

9º, Endureciéndose de esta manera se manifiestan enteramente como son. Así, habiéndose lanzado en el abismo de la miseria, si un milagro de la gracia no lo previene, perecen para siempre en sus propios engaños.

El progreso del Peregrino - Capítulo XX

CAPITULO XX

Cristiano y Esperanza pasan por el agradable país de Tierra-habitada, salvan sin daño el río Muerte y son admitidos en la gloriosa Ciudad-de-Dios.

Después de las agradables pláticas que acabo del referir, vi en mi sueño que habían pasado ya los peregrinos la Tierra-Encantada y estaban a la entrada del países del Beulah.

Muy dulce y agradable era el aire de este y como quiera que el camino iba por medio de él, se recrearon allí por algún tiempo. Allí se recreaban agradablemente en oír el canto de los pájaros y la voz dulce de la tórtola y en ver las flores que aparecían en la tierra. En este país brilla de día y de noche el sol, por lo cual está ya fuera enteramente del Valle-de-la-Muerte y también del alcance del gigante Desesperación, y del allí no se veía ni la más mínima parte del Castillo-de-la-Duda; allí, además, estaban a la vista de la ciudad adonde iban, y más de una vez encontraron alguno que otro de sus habitantes. Porque por ese país solían pasearse los Resplandecientes, por lo mismo que estaba casi dentro de los límites del cielo; en ese país también se renovó el pacto entre el Esposo y la Esposa, y como éstos se gozan entran en sí, así se goza con ellos el Dios del ellos; allí no faltaba trigo ni vino, porque había abundancia de lo que había buscado en toda su peregrinación. Allí también oían voces fuertes que salían de la ciudad y decían, "Decid a las hijas de Sión, he aquí viene tu Salvador, he aquí su recompensa con El."

Allí por último, los habitantes del país los llamaron “Pueblo santo, redimidos de Jehová ciudad buscada…”

¡Dichosos ellos! Según iban caminando por ese país, tenían mucho más regocijo que en las partes más remotas del reino a que se dirigían, y cuanto más se acercaban a la ciudad, tanto más magnífica y perfecta era la vista que se les presentaba. Estaba edificada de perlas y piedras preciosas; sus calles estaban empedradas de oro; así que, a causa del brillo natural de la ciudad y del reflejo de los rayos del sol, se puso enfermo de deseos Cristiano. Esperanza sintió también uno o dos ataques de la misma en enfermedad, por lo cual tuvieron que reclinarse allí un poco, exclamando en medio de su ansiedad: "Si hallareis a mi amado, hacedle saber cómo de amor estoy enfermo." Más, fortalecidos un poco y hechos capaces de sobrellevar su enfermedad, prosiguieron su camino, acercándose cada vez más y más hacia donde había viñedos frondosos y deliciosísimos jardines, cuyas puertas daban sobre el camino. Encontraron al jardinero, y dirigiéndose a él, preguntaron ¿De quién son estos viñedos y jardines tan hermosos? Contestoles: —Son del Rey, y se han plantado para su deleite y para solaz de los peregrinos—. Y les hizo entrar en los viñedos; les mandó refrescarse con lo más regalado de sus frutos; les mostró también los paseos y cenadores donde el Rey se deleitaba, y, por último, los invitó a detenerse y a dormir allí, vi que mientras dormían hablaban más que en todo su viaje; y recapacitando yo sobre ello, me dijo el jardinero ¿Por qué recapacitas sobre esto? Es sobre la naturaleza del fruto de estas viñas entrar suavemente y hacer hablar los labios de los que duermen.

Cuando se despertaron se preparaban a acercarse a la ciudad; pero como he dicho, siendo ésta de oro fino, era tal el reflejo del sol sobre ella y tan sumamente glorioso, que no pudieron contemplarla con la faz descubierta sino por medio de su instrumento hecho para ello. Y vi que, según iban andando, les encontraron dos hombres con vestiduras relucientes como el oro, y sus rostros brillaban como la luz, quienes les preguntaron de dónde venían, en dónde se habían hospedado, qué dificultades y peligros, y qué consuelos y placeres habían encontrado en el camino. Y satisfechas estas preguntas, les dijeron: sólo dos dificultades os restan, e inmediatamente entraréis en la ciudad.

Cristiano y su compañero pidieron luego a los hombres que les acompañasen. Estos contestaron que lo harían con gusto; pero que tenían ellos que alcanzarlo con su propia fe; y marcharon juntos hasta llegar a la vista de la puerta.

Ya allí, vi que entre ellos y la puerta había un río; pero no había ningún puente para poder pasarlo, y el río era muy profundo. A la vista de él, los peregrinos se asustaron mucho, pero los hombres que les acompañaban les dijeron: —Habéis de pasarlo o no podréis llegar a la puerta.

—Pero, ¿no hay otro camino?—preguntaron. —Sí—les contestaron—; pero a sólo dos, a saber, Enoch y Elías, se les ha permitido pasar por él desde la fundación del mundo; ni a nadie más se permitirá hasta que suene la trompeta final—. Entonces empezaron los peregrinos, especialmente Cristiano, a desconsolarse en su corazón y mirar a uno y otro lado; pero ningún camino pudo hallar por el cual pudieran evitar el río. Preguntaron entonces a los hombres si el agua estaba en todas partes a la misma profundidad, y se les dijo que no, que el encontrarla más o menos profunda sería según su fe en el Rey del país, no pudiendo ellos ayudarles en tal caso.

Se decidieron, pues, a entrar en el agua; mas apenas lo habían hecho, empezó Cristiano a sumergirse, exclamando a su buen amago Esperanza: —Me anego en las aguas profundas, todas son ondas y sus olas pasan sobre mí—. Esperanza contestó: —Ten buen ánimo, hermano; siento fondo y es bueno—. Entonces dijo Cristiano: — ¡Ah!, amigo mío, me han rodeado los dolores de la muerte, y no veré la tierra que mana leche y miel—. Y en esto cayó sobre Cristiano una grande oscuridad y horror, de tal manera, que no podía ver lo que estaba delante. Perdió también sus sentidos en gran parte, de modo que no podía acordarse ni hablar cuerdamente de ninguno de los dulces refrigerios que había encontrado en su camino. Todas las palabras que pronunciaba daban a entender que tenía horror de corazón y temores de morir en ese río, y nunca tener entrada por la puerta de la ciudad celeste. Los circunstantes observaban también que tenía pensamientos muy molestos de los pecados que había cometido, tanto antes como después de hacerse peregrino. Se observó que estaba molestado, además, por las apariciones y fantasmas y espíritus malos, pues de vez en cuando lo indicaban sus palabras.

Mucho trabajo, pues, costaba a Esperanza conservar la cabeza de su hermano por encima del agua; algunas veces se le sumergía enteramente, después de lo cual salía casi medio muerto; trataba de consolarle, hablándole de la puerta y de los que en ella le estaban esperando; pero la respuesta de Cristiano era: —Es a ti a quien esperan; has sido siempre Esperanza todo el tiempo que te he conocido; ¡ah!, de seguro que si yo fuera acepto a El, ahora se levantaría para ayudarme; pero por mis pecados me ha traído al lazo y me ha abandonado en él. —Nunca—contestó Esperanza—; ¿has olvidado sin duda el texto en que dice de los malos: "No hay ataduras para su muerte; antes su fortaleza está entera; no están ellos en trabajo humano ni son azotados con los otros hombres?". Esas aflicciones y molestias, por las cuales estás pasando en estas aguas, no son señal alguna de que Dios te haya abandonado, sino que son enviadas para probarte y ver si te acuerdas de lo que anteriormente has recibido de sus bondades, y vives de él en tus aflicciones.

Estas expresiones pusieron a Cristiano muy meditabundo, y por eso añadió Esperanza: —Confía, hermano mío; Jesucristo te hace sano—. Al oír esto Cristiano, prorrumpió en voz alta: —Sí, ya le veo y oigo que me dice: cuando pasares por las aguas yo seré contigo, y cuando por los ríos no te anegarán". Con estas pláticas se animaban mutuamente, y el enemigo nada podía con ellos, en términos que los dejaron, como si estuviera encadenado, hasta que hubieron pasado el río. La profundidad de éste iba disminuyendo; pronto encontraron ya terreno donde hacer pie, y acabaron su paso.

Qué consuelo tan grande experimentaron cuando a la orilla del río vieron de nuevo a los Resplandecientes, saludándolos, les decían: "Somos espíritus administradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación." Y así iban acercándose a la puerta.

Es muy de notar que la ciudad estaba colocada sobre una gran montaña; pero los peregrinos la subían con facilidad, porque los Resplandecientes les daban el brazo, y además habían dejado tras de sí en el río sus vestiduras mortales; habían entrado en él con ellas, pero salieron sin ellas; por eso subían con tanta agilidad y prisa, aunque los cimientos sobre los cuales está fundada la ciudad están más altos que las nubes. ¡Con cuánto placer pasaban las regiones de la atmósfera, hablando entre sí dulcemente, y consolados porque habían pasado con seguridad el río y tenían a su servicio tan gloriosos compañeros!

¡Qué agradable les era también la conversación que con Resplandecientes tenían! —Allí—les decían éstos— una gloria y hermosura inefables; allí está el monte Sión, Jerusalén celestial, la compañía de muchos millares de ángeles y los Espíritus de los justos ya perfectos. Ya estáis cerca del Paraíso de Dios, en el cual veréis el árbol de vida y comeréis de su fruta inmarcesible. A la entrada recibiréis vestiduras blancas, y vuestro trato y conversación serán siempre con el Rey hasta todos los días de la eternidad. Allí no volveréis a ver ya más las cosas que veíais y sentíais en la región inferior de la tierra, es decir, dolor, enfermedad, aflicción y muerte, porque todo eso ha pasado ya. Vais a juntaros con Abraham, Isaac y Jacob y los profetas, hombres a quienes Dios ha librado del mal venidero, y que ahora descansan en sus lechos por haber andado en su justicia. Vais a recibir allí consuelo por todos vuestros trabajos, y gozo por toda vuestra tristeza; recogeréis lo que sembrasteis en el camino, a saber: el fruto de todas vuestras oraciones y lágrimas y sufrimientos por el Rey.

Ceñiréis a vuestras sienes coronas de oro, y gozaréis la visión perpetua y la presencia del Santo, porque allí le veréis como El es. Serviréis continuamente con alabanza, con voces de júbilo y con acciones de gracias a Aquel a quien deseabais servir en el mundo, aunque con mucha dificultad, a causa de la debilidad de vuestra carne. Vuestros ojos serán regocijados con fe vista y vuestros oídos con la dulce voz del Altísimo. Recobraréis de nuevo la compañía de los amigos que os han precedido y recibiréis con gozo a todos aquellos que os siguen al lugar santo. Se os darán vestidos de gloria y majestad, y cuando el Rey de la gloria venga en las nubes al son de trompeta como sobre las alas del viento, vendréis vosotros con El; y cuando se siente sobre el trono de juicio, os sentaréis a su lado; y cuando pronuncie sentencia sobre los obradores de iniquidad, sean ángeles u hombres, tendréis también voz en ese juicio, porque fueron sus enemigos y los vuestros; y cuando vuelva a la ciudad, volveréis con El a son de trompeta y estaréis con El para siempre.

Cuando se iban acercando a la puerta, he aquí que una multitud de las huestes celestiales salieron a su encuentro, preguntando: — ¿Quiénes son éstos y de dónde han venido?

—Estos son—dijeron los Resplandecientes—, éstos son hombres que han amado a nuestro Señor cuando estaban en el mundo y que lo han dejado todo por su santo nombre; El nos ha enviado para traerlos aquí, y los hemos acompañado hasta este punto en su deseado viaje, para que entren y contemplen a su Redentor cara a cara con gran gozo—. Entonces las huestes celestiales dieron un grito de júbilo, y dijeron: —Bienaventurados los que son llamados a la cena del Cordero. Al oír esto los músicos del Rey rompieron con sus instrumentos en dulces melodías, que hacían resonar a los mismos cielos, y con voces y ademanes de júbilo, cantando y tocando sus trompetas, saludaban una y mil veces a los que venían del mundo. Unos se pusieron a la derecha, otros a la izquierda, delante y detrás, como para acompañarlos y escoltarlos por las regiones superiores, llenando los espacios con sonidos melodiosos en tonos altos, de manera que parecía que el mismo cielo había salido para recibirlos.

Era la marcha triunfal más hermosa que se pudo ver jamás.

Todo indicaba a Cristiano y a su compañero cuan bien venidos eran a la ciudad, y con cuánta alegría se les recibía en ella. Ya la tenían a su vista, ya oían el alegre y bullicioso clamoreo de todas las campanas que les daban la venida. ¡Oh, qué pensamientos tan arrebatadores y alegres tenían al mirar el gozo de la ciudad, la compañía que iban a tener, y eso para siempre! ¿Qué lengua o pluma serán poderosas para expresarlo?

Ya llegaron a las puertas de la Ciudad, encima de la cual vieron grabadas con letras de oro las siguientes palabras:

BIENAVENTURADOS LOS QUE GUARDAN SUS MANDAMIENTOS, PARA QUE SU PODER SEA EN EL ÁRBOL DE LA VIDA Y ENTREN POR LAS PUERTAS DE LA CIUDAD.

Llamaron fuertemente a ellas, y muy pronto aparecieron por encima los rostros de los que moraban dentro...

Enoch, Moisés, Elías..., que preguntaron quién llamaba, y oyeron esta respuesta: "Estos peregrinos han venido de la ciudad de Destrucción por el amor que tienen al Rey de este lugar." Entonces los peregrinos entregaron cada uno el rollo que habían recibido al principio, los cuales, llevados al Rey y leídos por éste, y habiéndosele dicho que los dueños de ellos estaban a la puerta, mandó que se les abriese para que "entrase la gente justa guardadora de verdades". Los vi entonces entrar por la puerta y que cuando hubieron entrado fueron transfigurados y recibieron vestiduras que resplandecían como el oro, y arpas y coronas que les fueron entregadas, para que con las primeras alabasen, y les sirviesen las segundas como señales de honor; oí también que todas las campanas de la ciudad se echaron a vuelo otra vez, en señal de regocijo, al mismo tiempo que los ministros del Rey decían a los peregrinos: "Entrad en el gozo de vuestro Señor". Con cuan efusión y gozo respondieron éstos: "Al que está sentado en el trono y al Cordero sea la bendición y la honra, y la gloria y el poder para siempre jamás".

Aprovechando yo entonces el momento en que se abrieron las puertas para dejarles pasar, miré hacia dentro tras ellos, y he aquí, la ciudad brillaba como el sol; las calles estaban empedradas de oro, y en ellas se paseaba muchedumbre de hombres que tenían en su cabeza coronas, y en su mano palmas y arpas de oro con que cantar las alabanzas.

Vi también a unos que tenían alas y que, sin cesar nunca, estaban cantando: "Santo, santo, santo es el Señor"; y volvieron a cerrar las puertas, y yo, con mucho sentimiento, me quedé fuera, cuando mis ansias eran entrar para gozar de las cosas que había visto.

¡Lástima es que mi sueño no terminase aquí con tan dulces impresiones! Cuando se cerraron las puertas de la Ciudad miré atrás y vi a Ignorancia que llegaba a la orilla del río; lo pasó pronto y sin la mitad de la dificultad que encontraron los otros dos. Porque aconteció que había entonces allí un tal Vana-Esperanza, barquero, que le ayudó pasar en su barca. Subió también la montaña para llegar a la puerta; pero nadie había allí que le ayudase o le hablase una palabra de consuelo y estímulo. Cuando llegó a la puerta, miró al letrero que estaba encima de ella. Empezó a llamar, suponiendo que se le daría inmediata entrada; pero los que se asomaron por encima de la puerta preguntaron de dónde venía y qué era lo que quería. El contestó: "He comido y bebido en la presencia del Rey, ha enseñado en nuestras calles." Entonces le pidieron su rollo para entrarlo y mostrarlo al Rey. Pero habiendo registrado su seno no lo halló; no tenía ninguno. Dijéronle entonces: "¿No tienes ninguno?" Pero el hombre no les contestó palabra. Comunicado esto al Rey, mando a los dos Resplandecientes que, atado de pies y manos, lo arrojasen fuera, y vi que lo llevaron por el aire a la puerta que había visto a la falda del collado y allí lo precipitaron.

Esto me sorprendió; pero me fue de importante enseñanza, pues aprendí que hay camino para el infierno desde la misma puerta del cielo, lo mismo que desde la ciudad de Destrucción.

En esto me desperté, y vi que todo había sido un sueño.



LA CONCLUSIÓN

Ya, lector, que mi sueño he referido,

Interpretarlo para ti procura,

Y explícale a quien puedas su sentido.

Mas muestra en entenderlo tu cordura,

Pues te daña si es mal interpretado;

Mas si lo entiendes bien es tu ventura.

Lo exterior de mi sueño, ten cuidado

Que no te preocupe en demasía,

Como si fuera cosa de tu agrado.

Ni risa ni furor ni alegría

Te cause cual a niño o a demente,

Mira bien su sustancia y su valía.

Aparta la cortina, y fijamente

Mira lo que se esconde tras mi velo:

Es cosa que te anime y que te aliente.

Al leer este símil, sin recelo,

Tira la escoria, toma el oro puro,

Y colmado verás así tu anhelo.

El oro está con mineral impuro,

Sí; pero nadie arroja la manzana

Por tener corazón, es bien seguro.

Si toda mi ficción encuentras vana,

Y la das, por inútil, al olvido,

Me harás soñar tu necedad mañana,

Lamentando el provecho que has perdido.

jueves, 13 de septiembre de 2007

Como tener dominio propio - Sonia Luna



Pastora: Sonia Luna - www.cashluna.org/mujereresexcepcional.cfm?get=portada

La Palabra compara a una persona sin dominio propio a una ciudad que está a merced del enemigo y de fortalezas externas que llegan a tener el control de su vida.

“Como ciudad sin defensa y sin murallas es quien no sabe dominarse.”

Proverbios 25:28



Es impresionante la importancia que este tema tiene en la vida de las personas y que no siempre se le pone la atención que merece. Pero también estoy segura que hay muchos hijos de Dios con esta inquietud y que día a día están librando su propia batalla venciendo tentaciones con la ayuda del Espíritu Santo.

La Palabra compara a una persona sin dominio propio a una ciudad que está a merced del enemigo y de fortalezas externas que llegan a tener el control de su vida.

Definición de Dominio propio: "virtud de uno que controla sus deseos y pasiones, especialmente sus apetitos sensuales".

Del griego sofronismós; disciplina, i.e. control de uno mismo:-dominio propio

“Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” (2 Timoteo 1:7)

Los dones y el poder que Dios concede a sus hijos no se fortalecen por sí solos sino como dice Pablo deben ser avivados por la gracia de Dios mediante la fe, oración, obediencia y diligencia.

“Vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud;a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor.

Porque si estas cosas están en vosotros, y abundan, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo.” (2 Pedro 1:5-7)

Aquí lo primero que nos recomienda Pedro es poner “toda diligencia” lo que significa que nuestra participación es activa para cultivar todas estas virtudes y poder tener una vida victoriosa en Cristo.

Podemos observar que al dominio propio le antecede el conocimiento lo cual nos sugiere que lo que aprendemos, lo que está en nuestra mente debe ser puesto en práctica.

De allí que la clave para tener control espiritual sobre tus emociones negativas, tus pensamientos y tus actos es la renovación de la mente y que tus pensamientos estén de acuerdo con los de Dios.

En tu mente es donde se levantan argumentos negativos críticos e indisciplinados que te llevan a acciones negativas en contra de la voluntad divina. Normalmente nuestras acciones son dirigidas por nuestra forma de pensar, así que el primer paso para actuar correctamente es tener pensamientos correctos en otras palabras, amurallar tu ciudad (tu mente) con muros fuertes (pensamiento de Cristo) que no puedan ser derribados por los argumentos del diablo y los deseos de la carne.

“Las armas con que luchamos no son del mundo, sino que tienen el poder divino para derribar fortalezas.

Destruimos argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevamos cautivo todo pensamiento para que se someta a Cristo.” ( 2 Corintios 10:4-5)

¿Cómo puedes renovar tu mente? ¿Cómo puede el fruto del espíritu prevalecer sobre las obras de la carne?

Conociendo tu identidad en Cristo, tu posición y tu relación con El.

“Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios.

Y vosotros no recibisteis un espíritu que de nuevo os esclavice al miedo, sino el Espíritu que os adopta como hijos y os permite clamar: «¡Abba! ¡Padre!» El Espíritu mismo le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios”. (Romanos 8:14-16)

Tu puedes tener control sobre tus pensamientos y por lo tanto sobre tus acciones, por medio del conocimiento y la certeza de que todo ha sido hecho nuevo en ti a través de El. Que Cristo es tu fortaleza y el Espíritu Santo tu guía. Que juntamente con El todo es posible. Si tu lo decides, si rechazas todo pensamiento que se levante en contra de la voluntad de Dios, si tu mirada está puesta en lo celestial y no en lo terrenal.

“Que en cuanto a vuestra anterior manera de vivir, os despojéis del viejo hombre, que se corrompe Según los deseos engañosos, ser renovados en la actitud de vuestra mente; y poneros el ropaje de la nueva naturaleza, creada a imagen de Dios, en verdadera justicia y santidad.” (Efesios 4:22-24)

En conclusión, busca primeramente el reino de Dios, permitiendo que su Palabra impregne tus pensamientos, reconoce tu posición en El, adórale y glorifícalo, reconócelo en todos tus caminos y el te guiará en tu diario vivir.

Un paso cada vez: Tu comportamiento va a ir siendo transformado y vas a poder ver el fruto del Espíritu Santo a medida que tu pensamiento va siendo renovado. Vive cada día, gana las batallas del día no trates de ganar hoy la batalla de mañana y así podrás ganar la guerra.

Recuerda que tu mente es el campo de batalla así que mantente firme no permitiendo que tus pensamientos se desvíen y ten siempre presente quien eres en Cristo Jesús.

“Practicad el dominio propio y manteneos alerta. Vuestro enemigo el diablo ronda como león rugiente, buscando a quién devorar.

Resistidlo, manteniéndoos firmes en la fe, sabiendo que vuestros hermanos en todo el mundo están soportando la misma clase de sufrimientos.” (1 Pedro 5:8-9)

La amistad y el noviazgo- Luis Palau


Evangelista Internacional Dr. Luis Palau - www.luispalau.net

En el instituto bíblico se acercaba el tiempo de las vacaciones de invierno, y por un lado estaba ansioso de que llegaran. Visitaría a amigos, pero sobre todo tendría un descanso de los estudios.




No obstante, en lo profundo de mi corazón no quería esas vacaciones. Cada vez estaba más interesado en Patricia, y cuando me enteré de que ella haría un viaje durante esos días, me preocupé pensando que pudiera llamar a algún viejo novio y volviera a verlo. De manera que le dije a Patricia lo que sentía con respecto a ella.

No fue un momento dramático ni demasiado romántico. Fue simplemente mi estilo directo y sin rodeos. Le dije que deseaba que supiera lo especial que ella era para mí, que me importaba mucho, y que esperaba que pudiéramos pasar más tiempo juntos luego de las vacaciones de modo de conocernos más y mejor.

Realmente la extrañé muchísimo. Luego del receso volvimos a los estudios, aunque debo admitir que mis calificaciones no fueron tan buenas. Patricia tuvo parte de la culpa ya que pasaba con ella tanto tiempo como me era posible.

Dos palabras caracterizaron nuestra relación durante ese período. Una de las palabras es CONOCIMIENTO. Al tiempo que Patricia y yo conversábamos y pasábamos tiempo juntos, me convertí en un experto en ella. Comencé a descubrir no sólo lo que ella pensaba, sino además por qué lo pensaba. Es verdad que sólo se puede amar a alguien hasta el punto en que uno conoce a ese alguien.

El amor a primera vista puede sonar romántico, pero una verdadera relación de amor rara vez está basada en las primeras impresiones. Debemos tener cuidado de no desarrollar una imagen idealizada de la otra persona basándonos en esas impresiones, ya que tarde o temprano nos decepcionaremos. Es vital ser honesto y abierto desde el principio. Tenemos que crecer en amor al tiempo que profundizamos nuestro entendimiento y apreciación de la otra persona.

La otra palabra que quiero compartir es CONSAGRACION. La personalidad de Patricia, su inteligencia y su aspecto atractivo me llamaron la atención cuando la vi por primera vez, sin ninguna duda. Pero a medida que nos fuimos conociendo más el uno al otro, descubrí su amor por el Señor Jesús, y eso fue decisivo. Patricia era una joven que había consagrado su vida a Dios, y eso se transparentaba en todo momento.

Así fue que, para mi sorpresa, un día me levanté con la certeza de que estaba enamorado de Patricia y deseaba pasar el resto de mi vida sirviendo al Señor con ella. Hablé con sus padres, y confieso que a pesar de lo mucho que los quiero esa primera vez sentí un gran dolor de estómago por los nervios que tenía. Ellos se alegraron; nos aconsejaron, y no pasó mucho tiempo antes de que nos comprometiéramos.

Realmente no puedo decir que el momento en que le propuse casamiento a Patricia fue romántico. Yo traté de que sí lo fuera, pero en lugar de preguntarle si se quería casar conmigo, le pregunté si quería volver a la Argentina conmigo. Ella comprendió lo que yo quería decir y todo lo que esa pregunta implicaba.

Cuando me dijo que sí, que regresaría conmigo a la Argentina, yo también comprendí lo que su respuesta quería decir. Nos casamos unos meses después, y cada día le doy gracias al Señor por el regalo más grande que me ha dado luego de la salvación: mi amada esposa. Como cristianos consagrados al Señor, no debemos casarnos con alguien que simplemente sea cristiano (1 Corintios 7:39), sino con un cristiano que crezca en el Señor Jesús.

Alguien cuya vida esté marcada por su consagración a Dios, por la verdadera espiritualidad. Hágase estas preguntas: "La persona que yo amo, ¿en verdad me desafía, alienta e inspira a vivir cada día más cerca del Señor? ¿O acaso me doy cuenta de que él/ella obstaculiza mi crecimiento espiritual?" Ante Dios hoy mismo tome la decisión de que se pondrá de novio y se casará con alguien con quien pueda buscar el reino de Dios toda la vida. Nada podría ser más emocionante.

Evangelista Internacional Dr. Luis Palau - www.luispalau.net